Paradojas para pensar la cuarentena. II. Das Unheimliche

Escrito por ADÁN PANDO MORENO. Facultad de Filosofía “Samuel Ramos”, UMSNH.
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Malcolm Lightbody vía Unsplash, tomada de: https://unsplash.com/photos/MQkpFbluLqg

 Para Rigoberto 

Dijo Schelling, “siniestro es aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”. La palabra alemana que es traducida como “siniestro” es Unheimliche. Parecería ser lo contrario de Heimlich (familiar, conocido, íntimo), pero no es tan fácil. Ya Sigmund Freud estudió (en un ensayo que lleva por nombre, precisamente, Das Unheimliche, 1919) las peculiaridades de esta palabra; para abreviar, es una palabra ambivalente, que reúne dos nubes semánticas: una tiene que ver con lo hogareño y acogedor, la otra, se extiende desde esa primera a través de lo íntimo hasta lo que es secreto y oculto. “De algún modo, unheimlich es una variedad de heimlich” (Freud). Dicho de otra forma, lo ominoso (prefiero esta palabra que siniestro) emerge en nuestra vida no desde lo más extraño sino desde lo que nos es familiar.

Nos levantamos en mitad de la noche y, medio dormidos aún, abrimos el refri en busca de la botella del agua fría porque hace calor. En eso, de pronto, nos asalta la pregunta: “¿qué hacen dos rollos de papel higiénico en el cajón de las verduras?” Antes de terminar de formular mentalmente la pregunta caemos en la cuenta, “¡ah sí, la cuarentena!” Puede ser irónicamente gracioso, pero es terrible. Ese pequeño ridículo dato revela mucho de lo que hay detrás.

La inmovilidad en casa hace aparecer multitud de aspectos ominosos. El primero de ellos es la normalidad. Declaraba hace poco Antonio Campillo (filósofo de la Universidad de Murcia) que la pandemia había venido a romper abruptamente nuestra normalidad; he leído eso con frecuencia en estos días (un blog de psicología dice “cambio radical”). Estoy en desacuerdo con ese enfoque. Veamos.

La inmovilidad, y en general las medidas de la cuarentena, no son anormales en sí mismas: son muy normales. Muchas personas las viven en sus propios ámbitos (“entre naval y carcelario”). Todos nos hemos quedado más de una vez en casa, por una gripe, por la descompostura del coche, un fin de semana… Lo anormal es que esta tarde de domingo ya ha durado varias semanas. Lo anormal (y ominoso) no es cada uno de los actos por separado de la inmovilidad sino esa especie de plastipak que los envuelve, los junta y pretende darles el sentido de que juntos protegen: la amenaza de la pandemia.

La pandemia ha sido comparada con una guerra. Me parece una comparación muy equivocada: lo que estamos viviendo está muy lejos de la experiencia de una guerra (tal vez sólo si entendiéramos la guerra en el sentido de Paul Virilio y en relación con la información). Está mucho más cerca de eso que solemos llamar un desastre natural (inundaciones, sismos, etcétera). La diferencia estriba en que, en otros desastres, sobre un fondo de normalidad, liso, se produce una rasgadura, un corte sin solución de continuidad, una herida que es el evento catastrófico (huracán, erupción, terremoto), un suceso, con sus consecuencias fatídicas. El conjunto es normal hasta que aparece un elemento disonante. En el caso de la pandemia no ha habido ninguna rasgadura sobre el fondo de normalidad porque no ha habido un evento, un suceso: ha sido el fondo mismo el que se desgarró. Los elementos siguen siendo los mismos, el conjunto es el que choca.

De tal modo que empezamos a transitar una especie de normalidad cambiante, una normalidad coalescente (lo que más adelante llamaré exceso de cotidianidad), porque el cambio también es normal. No tenemos una buena forma de describirlo: podemos decir que es raro. Justo porque lo raro tiene una gama muy amplia de acepciones, es una palabra muy plástica: ese algo que parece formar parte del conjunto, pero no encaja, y que va asociada a una sensación. Algo o alguien no sólo se ve raro, sino que se siente raro.

Por eso, la pandemia, sin ser en sí misma un cambio abrupto, produce un cuestionamiento radical de muchos aspectos del orden de vida: de la cercanía y la lejanía social, de las formas de relacionarse y comunicarse, de las instituciones, en síntesis, como decíamos en la paradoja anterior, de la socialidad.

Un segundo aspecto ominoso es que nuestra propia casa, en la que nos sentimos (o creemos sentirnos) cómodos, acogidos, casi seguros, se vuelve un no-lugar. Y se vuelve un no-lugar en un doble y contradictorio sentido. Un no-lugar es “un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico” (Augé).

El hogar es por antonomasia el lugar; por definición, es lo opuesto a un no-lugar. Se vuelve un no-lugar porque queremos salir de él, quisiéramos estar únicamente de paso. De forma ominosa, nos damos cuenta que quizá así lo hemos usado: en el fondo quisiéramos que volviera a ser lo que era, un lugar de tránsito, sin tener que confesarlo. Pone de manifiesto la contradicción siempre latente entre casa y hogar.

Es un no-lugar porque está lleno de tiempos muertos, es un lugar de espera, de errancia inmóvil. Y, sin embargo, hay un componente ineludible por cual la casa no es plenamente un no-lugar en las actuales circunstancias: de una u otra forma, es un locus. Que estemos en un espacio no basta para definirlo como lugar, pero que ese espacio sea además el punto desde el que hablamos, eso es distinto. Esto pasa especialmente cuando hemos trasladado, como ahora, el espacio de trabajo a la casa. La casa es el punto de vista de la inmovilidad, el hogar es el punto de locución, del habla: y ambos son un mismo sitio. Paradójicamente, trasladar el trabajo a la casa desnaturaliza un ámbito privado, acogedor, y no obstante, parece dar una posibilidad de resignificar espacios: hay una permutación de significaciones.

Otro aspecto ominoso es que la percepción desde la inmovilidad produce extraños efectos acumulativos, similares a los de los no-lugares: la iteración de los actos (de los cuales hablaremos después), y la magnificación de la novedad y del detalle.

La vigésima tranquila mañana de cuarentena (de hecho, la mayoría de estas mañanas para la mayoría de la gente son tranquilas, demasiado), a eso de las 10:30 horas, uno llama a su pareja (cónyuge, etc.) para que vea lo hermoso que entra el sol en tal habitación. La pareja, sin inmutarse, dice “¡pues claro, en el mes de abril el sol siempre entra por esa ventana en ese ángulo!”: era uno el que llevaba años viviendo ahí sin notarlo. Empezamos a ser extranjeros en nuestra propia casa y la casa empieza a sernos extraña precisamente porque pasamos más tiempo en ella. Extranjero o extraño, según Simmel, es el que llega hoy y no se ha ido mañana; en nuestro caso, ese “lejano que está próximo” (Simmel) se convierte en un próximo que se aleja.

Pero, en contraparte, está la observación del detalle, de la minucia: ahora sabemos exactamente en qué tono chirría cada bisagra de cada puerta. Más aún, lo estudiamos: al quinto día ya lo hemos notado, al séptimo detectamos diferencias, al noveno tenemos una taxonomía, al duodécimo creemos haber encontrado un patrón sinfónico, sólo resta matematizarlo: no hay problema, la cuarentena es larga.

En el fondo, lo ominoso no es el homicidio, lo ominoso es guardar ordenadamente los cadáveres en el ropero. 

Algunas fuentes:

Augé, Marc. Los <<no-lugares>> espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Barcelona: Gedisa, 1994.

Augé. Marc. El antropólogo y el mundo global. Buenos Aires: Siglo XXI editotes, 2014.

Freud, Sigmund. “Lo ominoso (Das Unheimliche, 1919)”. Obras Completas. V. XVII. Buenos Aires: Amorrortu, 1992.

Schütz, Alfred. “El forastero, ensayo de psicología social”. En AAVV. El extranjero. Sociología del extraño. Madrid: Sequitor, 2012.

Simmel, Georg. “El extranjero”. En AAVV. El extranjero. Sociología del extraño. Madrid: Sequitor, 2012. 


 

ADÁN PANDO MORENO

Facultad de Filosofía “Samuel Ramos”

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

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