Sobre las situaciones de elección trágica

Escrito por MARIO ALBERTO CORTEZ RODRÍGUEZ. Facultad de Filosofía “Dr. Samuel Ramos Magaña”, UMSNH
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The Gyri of the Thinker's Brain as a Maze of Choices in Biomedical Ethics. Scraperboard drawing by Bill Sanderson, 1997. Credit: Wellcome Collection. Attribution 4.0 International (CC BY 4.0), tomada de https://wellcomecollection.org/works/qv442v4n

En 1841 naufragó un barco que viajaba de Liverpool a Filadelfia. Hubo tiempo para lanzar al agua los botes salvavidas, que resultaron insuficientes para el número de pasajeros y la tripulación. Uno de ellos fue abordado por más personas de las que podía llevar, de manera que, si en un tiempo relativamente corto no se aligeraba su carga, se hundiría irremediablemente. ¿Qué hacer? Si se hubiera optado porque todos permanecieran en el bote salvavidas, habría acabado por hundirse ocasionando con ello la muerte de todos sus ocupantes. La otra opción era la de arrojar al agua a algunos de sus ocupantes de manera que los que quedaran en él tuvieran oportunidad de sobrevivir. Pero, ¿quiénes deberían permanecer en el bote y a quiénes había que arrojar por la borda para evitar la muerte de todos? ¿Quién o quiénes deberían tomar la decisión?

Desde luego que a nadie le gustaría enfrentarse a un dilema como este. Nos pasamos la vida evitando entramparnos en una situación semejante que nos obligue a tomar una decisión de esta clase. Este tipo de situaciones son conocidas como de elección trágica. En general, tienen las siguientes características: 1) Se hacen en situaciones donde los recursos son muy limitados, y es imposible satisfacer ciertas necesidades concretas, pero de urgente atención, de todas las personas involucradas en ellas; 2) La manera en que asignen los recursos existentes afectará de manera importante, a veces muy grave, a quienes no se vean favorecidos con esa asignación; 3) La decisión que se tome afectará inevitablemente a algunas de las personas involucradas, aun cuando ninguno de ellos merezca sufrir esa afectación; 4) No es posible no tomar decisión. Aun el aparente no decidir, es una decisión, y tendrá consecuencias graves para las personas.

Es claro que estas situaciones de elección trágica varían en grado, tanto como podemos establecer un rango para el concepto de ‘gravedad’ y ‘escasez’. Pero el hecho es que estas situaciones son más comunes de lo que pensamos, y con frecuencia nosotros mismos nos vemos involucrados en alguna. Ejemplos paradigmáticos son, el de transplantes de órganos, la separación de siameses cuando implica la muerte de uno de ellos, atención de heridos en situaciones de guerra, y otros.

La Guía bioética para la asignación de recursos de medicina crítica dada a conocer hace unos días generó una polémica importante porque presentaba una situación del tipo descrito, donde no sea posible satisfacer la demanda de recursos de medicina crítica generada por la actual emergencia de salud pública. En ella se sostiene que los criterios con los que habitualmente se determina la prioridad con la que deben ser atendidas las personas que solicitan los servicios de una institución de salud, y que determinan una forma de justicia distributiva en este ámbito, el orden de llegada y la necesidad médica, funcionan razonablemente bien cuando no existe una emergencia de salud pública. Cuando la hay, en opinión de sus autores, debe reorganizarse el sistema de salud en torno a un principio de justicia social, mientras dure la emergencia, que consiste en salvar la mayor cantidad de vidas.

De acuerdo a este principio todas las personas tenemos el mismo valor, por lo que el orden de precedencia para la atención debe ser independiente de la filiación política, religión, valor social percibido, nacionalidad, estatus migratorio, género, raza, preferencia sexual, discapacidad o de ser cabeza de familia; la única característica relevante es la posibilidad de beneficiarse de dichos recursos médicos. La polémica se desató por la forma en que se propone decidir en los casos en que la posibilidad de beneficiarse es la misma. Aquí se propone usar otro criterio, que es el de la vida-por-completarse, que consiste en privilegiar a las personas que aún no han pasado por las diferentes etapas de desarrollo de la vida humana. Y si este criterio aun no permite establecer una preferencia, la elección se debe dejar al azar. Esto desató una ola de críticas e indignación.

Es ahora el momento de concluir la historia con la que inició este texto. Catorce de los ocupantes del bote fueron arrojados al mar para permitir que los demás sobrevivieran. El criterio para determinar quiénes permanecían en la embarcación fue el ser mujer y mantener unidos a los matrimonios. Desde luego que no hubo un acuerdo unánime para aplicar este criterio. Algunos decidieron no pronunciarse. Finalmente, el bote soportó una travesía de varias horas con sus ocupantes hasta que fueron rescatados. Lo que hizo de este episodio algo aún más trágico es que la persona, miembro de la tripulación, que fue la responsable de ejecutar la decisión adoptada según el criterio acordado, fue posteriormente sometido a juicio, acusado de homicidio, del cual se le encontró culpable.

Fue, ciertamente, una situación terrible, que da lugar a muchas reflexiones, críticas y propuestas. Por ejemplo, si el principio rector en estas circunstancias es salvar la mayor cantidad de vidas, con independencia de cualquier otra consideración, habría sido mejor mantener en el bote a los más ligeros. Cabría preguntar también si un criterio sólo será éticamente aceptable si es aprobado, luego de un proceso de deliberación razonable, por todos los involucrados en la situación. Es claro en este caso que asumir que no puede haber un criterio éticamente justificado para elegir quién debe ser arrojado del bote, es también una manera de decidir algo, y con consecuencias trágicas.

Concluyo llamando la atención sobre el hecho de que es inevitable enfrentarse a estas situaciones de elección trágica y que lo hacemos con cierta frecuencia. Por ejemplo, desde mi perspectiva, el confinamiento como forma de enfrentar la pandemia, bajo el supuesto de que sería la forma óptima de salvar la mayor cantidad de vidas y evitar crear situaciones de escasez que nos obligaran a recurrir a medidas como las propuestas en la mencionada guía, tenía una alternativa, la de seguir con las actividades de manera normal, ocasionando con ello, es cierto, un contagio masivo y una gran cantidad de muertes. La pregunta aquí es la de si la medida por la que se optó no ocasionará también gran cantidad de muertes y sufrimiento, incluso en mayor número.

El confinamiento, que lleva a paralizar un gran número de actividades productivas, tendrá también sus consecuencias letales. Por ejemplo, la FAO calcula en seis millones los fallecimientos de niños debido a enfermedades provocadas por el hambre y la desnutrición, y esto con la ayuda humanitaria de países ricos a regiones en las que reina la hambruna. ¿Acaso no se verán canalizados esos recursos a reactivar las actividades económicas en esos países ricos dejando aun en mayor desamparo esas regiones con las previsibles y terribles consecuencias? El desempleo crece de forma terrible en todo el mundo, hay cosechas que se están perdiendo, las previsiones de que la pobreza se incrementará significativamente están por todas partes. 

Decidirse por el confinamiento no es sólo una decisión técnica, científica o política. También lo es ética, y de esa clase que quisiéramos, inútilmente, evitar a toda costa, una decisión en situación de elección trágica. Esperemos que haya sido la mejor.


 

MARIO ALBERTO CORTEZ RODRÍGUEZ

Facultad de Filosofía “Dr. Samuel Ramos Magaña”

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

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