Paradojas para pensar la cuarentena

Escrito por ADÁN PANDO MORENO. Facultad de Filosofía "Dr. Samuel Ramos Magaña", UMSNH.
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Paradox. Fotografía de Luc van Quickenborne vía Wunderstock, tomada de: https://wunderstock.com/photo/paradox_3322503859

¿Cómo navegar por entre las extrañas aguas de esta pandemia de una manera medianamente sensata? La situación parece estar tejida con contradicciones, no podemos hablar de ella sin usar adversativos: pero, sin embargo, aunque... Pensar por paradojas sirve para ver el envés de la hoja, el reverso de la costura, y puede ayudar a descubrir facetas ocultas de los fenómenos. Captar estas paradojas no necesariamente las resuelve, pero nos ayuda a afrontar la vida de otra forma. Las siguientes páginas son un intento de acercamiento paradójico a las complejidades de la pandemia y la cuarentena.

Para Ireri

I

Inmovilidad

Nunca la humanidad había contado con tantos medios de transporte, con tantos vehículos de fuerzas motrices tan diversas, con tantas rutas y vías terrestres, acuáticas y aéreas. Nunca había sido tan fácil viajar (aunque ya no es sinónimo automático de aventura), nunca tanta gente ha podido desplazarse con tanta naturalidad de un continente a otro. Nuestra especie ha puesto gran parte de los esfuerzos tecnológicos de los últimos dos siglos al servicio de ese propósito: mover más, movernos más, mover más lejos, mover más rápido.

Y ahora el futuro de esa misma especie depende, en buena medida, de la inmovilidad.

Hoy sabemos que para entender la historia de la humanidad importa tanto el sedentarismo como las migraciones. A fines del siglo xx, la movilidad aparecía ya no sólo como una necesidad o como un sello de los tiempos posmodernos sino como un valor que había que buscar: la movilidad laboral era buena, la rotación en el trabajo era buena, la movilidad de estudios era buena, la internacionalización era buena. Recientemente Marc Augé propugnaba por una antropología de la movilidad, ¿hay que pensar hoy una antropología de la inmovilidad?

Esta paradoja no la inventó la pandemia del 2020. Es parte de la historia moderna, desde los inicios de la globalización en los siglos XV y XVI. Claro, hay una diferencia entre las epidemias del pasado y ésta: todas las epidemias anteriores habían sido devastadoras en una región, en ciudades, en un conjunto de países, incluso en un continente o dos; terribles, pero limitadas. La del COVID19 es la primera pandemia cuyo foco es el globo en su conjunto.

La relación ser humano - mundo tiene una complejidad propia. Las pandemias no son fenómenos “naturales”. Por favor, no se me malentienda, no estoy tratando de decir ni que sea sobrenatural (castigo divino) ni que sea producto intencional de una conspiración (sea de terrícolas illuminati, sea de extraterrestres pro o anti reptilianos o de las antenas G5). Estoy diciendo que una pandemia no es la mera existencia de un virus (ni siquiera es una condición necesaria: hay pandemias no virales). Es un tipo de difusión, exposición y contagio masivo y muy rápido de un virus de una cepa probablemente mutante. Ni la difusión, ni la exposición ni el contagio ni, muy probablemente, la mutación del virus, se explican sólo por la bioquímica del ADN viral. Se explican por la interacción ecológica específicamente humana, por los mutágenos antropogénicos, por costumbres culturales para reunirse y saludarse, por imperativos comerciales y de negocios, por creencias míticas y ritos religiosos, y un largo etcétera. Piénsese tan solo en por qué le hemos llamado “viral” a la difusión de un video en las redes. Por eso creo que Agamben sigue teniendo parte de la razón en aquel polémico artículo publicado en Quodlibet.it: “La invención de una epidemia”. No pregunto por la etiología de una enfermedad, pregunto por las causas de un fenómeno mundial.

A la par de estas consideraciones hay otra mucho más práctica, urgente: para que la mayor parte de la especie sobreviva sin demasiados daños, debemos detener todo el ingente flujo de personas. Debemos detener-nos. Lo cual presenta otra cara de la paradoja, porque la inmovilidad es contrainercial: la tendencia (histórica, social) es a moverse, por lo tanto, hay que parar, frenar, detener. Las sociedades humanas son sociedades de y en movimiento; nunca partimos de un punto cero de reposo. En cambio, ahora, una pandemia aparentemente ilimitada nos obliga a limitarnos.

¿Cómo vivimos esta inmovilidad? De Certeau habla de la paradójica —y bastante einsteniana— inmovilidad del pasajero y de la inmovilidad del paisaje en un tren, mientras el vehículo sí se mueve. Hay un arco de tensión entre la ventanilla y el riel: la ventanilla permite ver el espacio, el riel permite atravesar el espacio: “la inmovilidad del adentro y del afuera” genera una sensación de distanciamiento objetivo entre quien narra y el mundo exterior: “Dos modos complementarios de separación” (De Certeau).

Hay analogías y hay diferencias. No tenemos ventanillas, tenemos pantallas, muchas y diversas. Y no tenemos rieles. Solemos creer que las mismas pantallas son parte de un sistema ciberinformático que proveen un intercambio de información que nos permite “atravesar” el espacio. Pero eso es completamente equivocado: lo potencial (ese es el significado original de virtual) se opone a lo actual (a lo que se pone en acto). 

Para quien se mueve en el tren, ser espectador del paisaje es parte de su hacer de pasajero. Para nosotros las funciones están separadas: a través de las pantallas somos espectadores, a través de las redes sociales seguimos siendo espectadores sólo que un poco parlantes.

No estamos, claro, en un tren que se mueve. Es más bien como si nuestro tren estuviera quieto y la nube de tormenta viniera a nosotros: no somos nosotros quienes la atravesamos sino ella quien nos pasa alrededor. Nuestra inmovilidad real empezó antes de quedarnos quietos porque no somos pasajeros en el espacio, creemos ser pasajeros en el tiempo, transitamos en el tiempo de la pandemia. Y en el presente quedarnos quietos significa hacer algo, por contradictorio que parezca.

De Certeau hace una comparación de la situación del tren, le dice entre “naval y carcelario”.  Sin duda, ahora tenemos algo en común con quienes viven o trabajan encerrados (quienes han estado en la cárcel, quienes se pasan meses en el mar, las estaciones de investigación antártidas, monjas de claustro, etc.). Ahora podemos compartir mejor su punto de vista. En todos estos casos hay confinamiento. Pero en la comparación de naval y carcelario hay un elemento más: hacinamiento. No porque sean muchas personas en términos absolutos sino porque hay una alta densidad: unas cuantas personas en un espacio reducido. Hacinamiento, aunque no aglomeración; hacinamiento sin masas.

Distancia de unos, separación, aislamiento, y hacinamiento con otros, todo simultáneamente. Relaciones espaciales contradictorias en un mismo tiempo. No sé si estemos resolviendo un problema de salud con soluciones topográficas, pero sin duda estamos generando una nueva socialidad.

Nuestra forma de interacción con el mundo y con los otros dentro de él se modifica. También nuestra percepción. Vemos desde la inmovilidad, ese es nuestro punto de vista. Vemos como se ve una película, desde este ángulo (desde este punto de vista) nos parece una película. Como al pasajero en el tren. A una gran proporción de la población nos despierta emociones de espectador.

Afirmar una nueva socialidad no es una exageración. Aunque podría parecerlo: es evidente que no todos estamos inmovilizados y no todos igual. Algunos serán espectadores, pero para otros es la viva realidad de un familiar enfermo o de los riesgos como trabajadores de la salud. ¿Entonces? Es que la nueva socialidad tiene un componente fáctico, pero sobre todo se ha convertido en una especie de valor, en un punto axiológico: percibimos, juzgamos y nos comportamos en función de él, en función de esta inmovilidad coactiva, con las notas apuntadas arriba. Ya sea a favor (“mantén la sana distancia”) o en contra (“a mí me vale, yo me voy a juntar con mis cuates”) pero es ya una parte del ethos y por lo tanto de nuestras acciones. 

Algunas fuentes:

Auge, Marc. Por una antropología de la movilidad. Gedisa. Barcelona. 2007.

De Certeau, Michele. La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer. UIA/ITESO. (El oficio d ela historia). México. 2007.

El artículo de Agamben en español: https://ficciondelarazon.org/2020/02/27/giorgio-agamben-la-invencion-de-una-epidemia/

El original de Agamben en italiano: https://www.quodlibet.it/giorgio-agamben-l-invenzione-di-un-epidemia

Observatorio Filosófico de México http://www.ofmx.com.mx/


 

ADÁN PANDO MORENO

Facultad de Filosofía "Dr. Samuel Ramos Magaña"

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

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