Epidemias: impredecibles, enojosas y temibles. Una mirada desde la historia

Escrito por DENÍ TREJO BARAJAS. Instituto de Investigaciones Históricas - UMSNH
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La Peste: Esculapio, Vol. 22. Wellcome Collection. Attribution 4.0 International (CC BY 4.0). Tomada de: https://wellcomecollection.org/works/dsb996rr

 La Peste: Esculapio, Vol. 22. Wellcome Collection. Attribution 4.0 International (CC BY 4.0). Tomada de: https://wellcomecollection.org/works/dsb996rr

 

 Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras

y, sin embargo, pestes y guerras

toman [a]las gentes siempre desprevenidas.

Albert Camus, La peste.

Hoy vivimos una pandemia que se ha extendido con rapidez por casi todas las regiones del mundo. No obstante el despliegue de políticas sanitarias en casi todos los países que sufren su presencia, así como los adelantos de la medicina y de las tecnologías asociadas a esta, muchos de nosotros percibimos a la del COVID-19 como una tragedia social sin igual. En general tendemos a olvidar experiencias similares sucedidas en nuestros propios países y las que se han dado en otros lugares las pensamos remotas sin considerar que nos afectan.

Una mirada al problema de las epidemias desde la historia nos permite advertir que la relación entre humanos y diversos agentes patógenos como los virus es muy antigua, seguramente tan antigua como la humanidad misma. Sabemos que desde tiempos remotos, enfermedades provocadas por diminutas partículas (solo visibles hoy en día con sofisticados microscopios electrónicos) han acompañado a la humanidad y generado en muy diversas épocas desastres demográficos. Los diversos agentes patógenos, ya sean virus o bacterias, se introducen en nuestros organismos debido a la cercanía y/o convivencia que tenemos con plantas y animales; posteriormente son dispersados en muy diversas regiones por acción de los propios humanos con su movilidad y sus formas de socialización.

Aunque la palabra virus es antigua y  proviene del latín, no tenía el mismo significado que en la actualidad. Según el Diccionario médico biológico histórico y etimológico, Celso, en el siglo I a.C., denominaba con la palabra virus a la ponzoña o veneno que transmite el perro que tiene rabia, sin saber que esta era ocasionada por una minúscula partícula.  Poco a poco se transformó su significado de veneno a sustancia venenosa y luego con Pasteur en el siglo XIX a germen patógeno. Las investigaciones de finales del siglo XIX y sobre todo en el siglo XX determinaron que esas sustancias producidas por el cuerpo enfermo eran causadas por una partícula ínfima, y en algunos casos diferente y más pequeña que las bacterias, a las que se asoció con el ya conocido término de virus.

La invisibilidad de estos y de otros agentes patógenos, como las bacterias, generó la idea, hasta la llegada de la medicina moderna, de que las causas de las enfermedades se atribuyeran a factores mágicos, religiosos o a concepciones médicas precientíficas. Como señala Delumeau en El miedo en occidente,  la ciencia de antaño atribuía estas enfermedades que aparecían sin causa aparente “a la polución del aire, ocasionada a su vez por ciertas conjunciones astrales, [o a] pululaciones pútridas venidas del suelo o del subsuelo”. En el pensamiento de varias civilizaciones, los dioses castigadores de las fechorías o pecados de los humanos también solían ser, con su enojo, generadores de las mortandades causadas por alguna enfermedad de la cual no se sabía su origen.

De las enfermedades infecciosas que han acompañado a los humanos a lo largo de su historia está la malaria o paludismo, transmitida por un parásito del mosquito anópheles y que posteriormente puede ser transmitida por la madre infectada al hijo por nacer, de ahí su endemismo hasta la actualidad en varias regiones del planeta, particularmente África. De dicha enfermedad existen referencias desde 2700 a C. en China, y hoy en día sigue causando alrededor de dos millones de muertes al año. 

Otra de las grandes epidemias que azotó al mundo europeo en diferentes momentos  fue la peste, una de las más temibles enfermedades. Dice Delumeau que tanto en la cuenca mediterránea entre los siglos VI y VIII, como de manera amplia en casi todas las regiones europeas entre los siglos XIV y XVIII, la presencia de este mal se mantuvo más o menos constante aproximadamente cada 8 años, aunque variando las zonas. Las ansiedades y miedos provocados por esta enfermedad se debían a sus cruentos síntomas, así como a su asociación con presencia de ratas en las poblaciones, aunque más tarde se sabría que estos roedores eran el vehículo, pero quienes transmitían el bacilo infeccioso (bacteria yersinia pestis) eran las pulgas de las ratas. El hacinamiento e insalubridad en las formas de vida hacían que su propagación fuera rápida cuando llegaban ratas y personas infectadas en los barcos que transportaban mercancías y alimentos de un lugar a otro; a veces huyendo del mal, la gente se movía de lugar llevando ya consigo el bacilo infeccioso. Además, su presencia en épocas en las que dominaba el pensamiento mágico y religioso propiciaba que la gente confundiera las causas con castigos divinos y tratara de solucionar el problema congregándose para oficiar actos religiosos para expurgar penas, aplicando sangrías a los enfermos u ofreciendo pócimas milagrosas.

En el largo periodo que va del Renacimiento a la Ilustración, en el cual se llevan a cabo las exploraciones ultramarinas que permitieron a los europeos extender sus dominios sobre el mundo americano, también estuvieron presentes diversas enfermedades infecciosas, algunas generadas por virus, como distintos tipos de fiebres y viruela, y otras por bacterias, como el tifus y la peste. Los agentes infecciosos viajaron con exploradores, conquistadores y colonos, muchos de ellos ya inmunizados por siglos de convivir con esos males y se adentraron en el mundo americano donde encontraron poblaciones que no tenían defensas biológicas para sobrellevarlos. Junto con guerras llegaron nuevas plantas y animales, así como formas distintas de tratar a la naturaleza. A la vez, las poblaciones se vieron sometidas y explotadas de tal manera que hubo cambios radicales en las estructuras económicas y sociales, así como en la cotidianidad de las sociedades prehispánicas; a todo ello habría que agregar la imposición de creencias y formas de pensamiento distintas que derrumbaron el sentido de la vida para buena parte de estas comunidades.

Bajo esas circunstancias, a lo largo del siglo XVI más de media docena de fuertes epidemias, de viruela, sarampión, paperas, tosferina, varicela y peste, conocida localmente como matlazahuatl o cocoliztle, entre otras enfermedades traídas a América por los europeos, asolaron muchas partes de la Nueva España (las más devastadoras fueron la de viruela de 1520 y las de matlazahuatl de 1545 y 1576, asociadas también a hambrunas). Las guerras de conquista, así como la migración forzada de muchos grupos locales que debían acompañar a los españoles en su exploración y conquista del norte, contribuyeron a la diseminación de los nuevos agentes patógenos. Sin duda que la crisis demográfica que se vivió en Nueva España entre el fin del siglo XVI y el inicio del XVII no fue producto sólo de las epidemias, pero estas, junto con todos los factores arriba señalados, hicieron disminuir drásticamente a la población originaria, en algunas regiones en más del 80%.

Si bien para los siglos XVII y XVIII se puede hablar de superación de la crisis demográfica del siglo de la conquista y aún de aumento de la población, no por ello podemos dejar de observar la cantidad de epidemias que continuaron generándose de manera periódica en el territorio novohispano. Florescano y Menegus mencionan en relación al siglo XVIII que fue un “crecimiento hecho de jalones, interrumpido por tremendas mortandades”, entre las que mencionan, para el Valle de México y la región de Puebla-Tlaxcala, 18 epidemias de viruela, tabardillo (tifus), peste o matlazahuatl, sarampión y tosferina, varias de ellas asociadas con crisis agrícolas y hambrunas.

En el México del siglo XIX continuó la presencia de algunas viejas enfermedades epidémicas como el tifus y la sífilis (esta al parecer de origen americano), y llegaron nuevas para América, conocidas desde la antigüedad pero que en esta época adquirieron el carácter de pandemia, como la generada por la bacteria del cólera, cuya presencia en nuestro país, tanto en los años treinta como en los cincuenta de ese siglo, afectó sobre todo las zonas portuarias. En los siglos XX y XXI se han vivido reediciones del cólera tanto en diferentes partes del mundo como en México, asociadas a contaminación del agua y alimentos, así como a condiciones de insalubridad en campamentos de refugiados y zonas muy pobres carentes de agua potable.

Por otra parte, en el siglo XX, las gripes en sus diversas manifestaciones y el SIDA han sido quizá algunas de las enfermedades más temibles provocadas por virus. Después de la primera guerra mundial, se dispersó como un polvorín la mal llamada gripe española, que mató a más de 40 millones de personas en el mundo, en su mayoría jóvenes y adultos. Otros virus relacionados con gripes han mutado de manera constante, a veces por efecto de los medios y técnicas para eliminarlos, dando lugar a nuevos virus, como el que apareció en México en 2009, conocido como influenza (AH1N1), y ahora en el 2020 la pandemia del COVID-19.

Hemos querido hacer este apretado recuento histórico para pensar en algunas constantes que se manifiestan en nuestra relación con los virus y otros agentes patógenos que generan epidemias y pandemias con todas sus terribles consecuencias para cada generación que las padece:  en general tenemos que admitir que todas estas enfermedades tienen que ver con el hecho de que los humanos somos parte de la naturaleza, y los cambios que le imponemos a esta con nuestras formas de vida pueden alterar la de virus y bacterias.

En la antigüedad desconocíamos el papel de algunos animales como vehículos o portadores de los virus o bacterias que producen las enfermedades en humanos. Y aunque cada vez lleva menos tiempo conocer la cadena de transmisión que lleva a la enfermedad, así como las características de estas diminutas partículas para enfrentarlas con vacunas y medicamentos, tendemos a olvidar que al alterar ecosistemas con nuestras formas de vida urbana, altamente tecnologizada y generadora de múltiples contaminantes, vulneramos la vida de animales, plantas y de los agentes microscópicos que viven en ellos y que se pueden tornar patógenos para los humanos.

En todas las épocas son otros componentes sociales los que han convertido estas enfermedades en graves problemas, tales como la guerra, la pobreza, la insalubridad, el hacinamiento, el hambre o la deficiente alimentación de amplios sectores de la población.

La amplia dispersión geográfica de las enfermedades mencionadas ha tenido que ver con la interdependencia existente entre las personas y entre las diversas regiones del mundo. La globalización no es una característica sólo del siglo XXI, ha sido un proceso que lleva varios siglos. Sí son novedosas en cambio las formas que asume con las tecnologías digitales que propician la rapidez de las comunicaciones y con ellas la de la transmisión viral. En consonancia con esto las formas de enfrentar la pandemia actual y las que estén por venir deberían considerar la colaboración entre los países y la solidaridad entre las personas que también pueden beneficiarse de las redes electrónicas.

Advertimos que estas expresiones se dan afortunadamente en la actual crisis mundial generada por el COVID 19, aunque al mismo tiempo, y de manera paradójica, observamos manifestaciones nacionalistas y xenófobas; tendencias a aprovechar el temor de las personas para engañar e incluso imponer gobiernos autoritarios que aprovechan la situación para controlar individuos y colectividades mediante la información personal de las redes digitales, y finalmente el oportunismo de los intereses capitalistas que ante la crisis tratan de aprovechar el mal de muchos para obtener el máximo de ganancias.

 

Para profundizar sobre el tema:

Benedictow, Ole. La Peste Negra (1346-1353). La historia completa. Madrid: Akal, 2011.

Betrán, José Luis. Historia de las epidemias en España y sus colonias(1348-1919). Madrid: La Esfera de los Libros, 2006.

Cuenya, Miguel Ángel. “Peste en una ciudad novohispana. El matlazahuatl de 1737 en Puebla de los Ángeles”, consultado el 14 de abril de 2020 en http://estudiosamericanos.revistas.csic.es

Delumeau, Jean. El miedo en Occidente, Madrid: Taurus, 1978.

McCaa, Robert. “¿Fue el siglo XVI una catástrofe demográfica para México? Una respuesta basada en la demografía histórica no cuantitativa”. Papeles de Población, vol. 5, núm. 21, julio-septiembre, 1999, pp. 223-239.

Molina del Villar, América, Lourdes Márquez Morfín y Claudia Patricia Pardo Hernández (eds.). El miedo a morir. Endemias, epidemias y pandemias en México: análisis de larga duración. México: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2013.

Oliver Sánchez, Lilia. “Introducción”. En Alicia Contreras y Carlos Alcalá (eds.). Cólera y población, 1833-1854, Estudios sobre México y Cuba. México: El Colegio de Michoacán, Red de Historia Demográfica, 2014.

 

DENÍ TREJO BARAJAS

Instituto de Investigaciones Históricas

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Beymar
Muy buen artículo doctora!

Otra vez la enseñanza de la historia en las aulas escolares quedó a deber en explicar la fragilidad humana ante estos eventos y prevenirnos, o al menos conocer estos episodios. Hace falta más empatía en sociedad del siglo XXI.

Saludos!

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