La pandemia Covid-19 y las nuevas formas de ver cine

Escrito por RAFAEL OROZCO FLORES, Coordinación de la Investigación Científica, UMSNH
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Fragmento del anuncio publicitario del proyector doméstico marca Pathé. Tomado de Caras y caretas, España, No. 725, 24 de agosto de 1912. Biblioteca Nacional de España. http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0004429588&page=7

El confinamiento domiciliario obligado por la crisis sanitaria por Covid-19, ha ido modificando y en algunos casos acelerando, paradigmas de convivencia social, de trabajo, de educación, etc. En el caso del entretenimiento las cosas también se han modificado sustancialmente: conciertos, teatro y danza a través de Skype, Zoom o Meet, entre otras aplicaciones, con actividades en tiempo real. El distanciamiento social exigido por la pandemia ha orillado a este cambio y aunque es visible en casi todos los ámbitos de la vida cotidiana, se ha hecho patente en los eventos masivos como los ya referidos y el cine.

Aún antes de la fecha fundacional del nacimiento del cine, el 28 de diciembre de 1895, éste había generado una multiplicidad de esfuerzos tecnológicos buscando incorporarse a la que sería, con el tiempo, una industria global de millones de dólares. Tras su exhibición en París en esa fecha, enviados de los Lumière caminaron el mundo dando a conocer el cinematógrafo (en Morelia, la primera función que se ha documentado fue el 18 de abril de 1897, por Carlos Ortiz y F. R. Carcabón, en el Hotel de Michoacán) y poco a poco la comunidad internacional experimentó un cambio en los usos del tiempo libre. En México, por ejemplo, de la zarzuela, el teatro, la opereta, los toros, peleas de gallos, etcétera, el público tomó paulatinamente el gusto por las imágenes en movimiento.

Entender las posibilidades económicas del cinematógrafo, fue cuestión de tiempo. En América, Thomas Alva Edison pasó del kinetoscopio y kinetófono de uso individual, pasó al esquema de proyección para colectividades en espacios cerrados para grupos de personas, aunque pronto entendió que el hogar podría ser una beta digna de explotación comercial, desarrollando el “kinestoscopio de familia”, en 1899, que se anunciaba como el aparato “adaptado para el uso de las familias”. El aparato, con 6 películas costaba $15.00.

En Europa, concretamente en Francia, Charles Pathé, reconocido como el ideólogo de la industria del cine, en 1912, patentó y comercializó un modelo de proyector y cámara en un formato de 28 mm, con película ininflamable, bajo la denominación comercial de Pathé KOK. Al principio el atractivo era la posibilidad de adquirir copias de las grandes producciones de la casa Pathé en reducciones de 35 a 28 mm y más tarde, como se ha dejado entrever, la posibilidad de filmar películas del ámbito familiar, mediante la adquisición de cámaras. No hay una precisión histórica de la accesibilidad de esa tecnología doméstica, pero podemos inferir que no era barata y que solamente las familias de cierto nivel económico podían apropiarse de esa tecnología. Se sabe, por ejemplo, que el rey Alfonso XII, de España se hacía acompañar de una cámara y él mismo realizaba tomas en sus cacerías y otras actividades. Se estima que gracias a este formato ininflamable, podemos conocer películas realizadas en los primeros años de la industria.

En 1922 la misma casa Pathé produjo el formato de 9.5 mm, comercialmente denominado Pathé Baby, básicamente con el mismo esquema de producción y explotación: las grandes producciones de 35 mm para salas cinematográficas, se reducían a este pequeño formato, integrando el catálogo películas de Ferdinand Zecca, Segundo de Chomón y otros directores, de actores como Charles Chaplin, Harol Lloyd, etc., así como acontecimientos históricos como terremotos, fallecimiento de celebridades, coronaciones, entre otros hechos, gracias a los noticieros cinematográficos (tanto en Pathé Magazine como en Pathé-Gazette, de abril de 1925, de este formato, se incluye la toma de posesión de Francisco Plutarco Elías Campuzano —Plutarco Elías Calles—.

El cine enfrenta sus miedos. Ya era más o menos común la producción y consumo de películas sonoras y en color, cuando la tecnología colocó en el mercado la televisión. Con ella, la industria cinematográfica se sintió amenazada especulando que llegaría el momento en que el público dejara de ir al cine, teniendo a mano la televisión. No ocurrió así.

Igual temor surgió con la llegada de la tecnología del video, que brindaba la posibilidad, como antes el cine KOK y Pathé Baby, de hacer grabaciones propias y adquirir en renta o compra, copias de películas cuyo ciclo de explotación en salas había pasado. El boom de los llamados videoclubes prendió hasta en las barriadas y desaparecieron en los primeros años de esta centuria.

No podemos dejar de lado los formatos de 8 y Super8 mm, que en los años sesenta y setentas permitió a los jóvenes explorar y hacer propio el cine, aún en ese formato no profesional, generando concursos y corrientes de “superocheros”.

Con la convergencia tecnológica quedaron en desuso los formatos analógicos y entró con fuerza la era digital. La industria, tanto en la producción como en la proyección en salas, tuvo que hacer una reconversión industrial para la adaptación de la tecnología en cámaras y proyectores que se adaptaran a los nuevos tiempos, cuidando la calidad en sonido e imagen.

Y la pandemia nos agarró, sí en la era digital, pero también con el agregado de los canales de televisión restringida cuya programación son películas. La llegada de Netflix y otras plataformas de streaming, así como el acceso de soportes de DVD y blu-ray modificaron y ampliaron la forma de ver cine.

La pregunta es ¿cuáles son los retos de la industria ante lo que se ha dado en llamar “la nueva realidad”? Desde el punto de vista sanitario y de salud pública evidentemente el distanciamiento entre los espectadores y/o la reducción de la capacidad de las salas, por lo menos mientras se construye la inmunidad de rebaño por cualquiera de las vías por las que ésta se puede alcanzar. Los otros aspectos son el técnico y el económico. Desde la perspectiva de lo técnico se tiene la capacidad para transmisiones planetarias que lleven los estrenos en tiempo real lo mismo a salas que a los dispositivos móviles.

Esta vía, que se había contemplado para reducir la piratería, es la ruta que las casas productoras han empezado a explorar con los estrenos programados para los meses recientes y que por el cierre de las salas no se pudieron realizar (al respecto, es ilustrativo, en nuestro país, el estreno de Se equivocó la cigüeña —María Elena Velasco India María, 1993— que se estrenó primero en los sistemas de PPV por cable y después en salas). Al respecto, ya hubo un enfrentamiento con los exhibidores.

La solución que se ha de construir cae en el renglón económico. Si la tecnología, a lo largo de la historia, ha sabido encontrar soluciones para desafíos de consumo, éste, orillado por la pandemia a modificar los hábitos de los públicos, puede conducir paulatinamente a ver películas y sus estrenos en la pantalla de su teléfono celular o su computadora.

Sin embargo, cadenas como Cinépolis, no se quedarán cruzadas de brazos e inactivas viendo cómo la infraestructura física de sus cines se vea transformadas en espacios vacíos cuyo valor se reduzca al terreno que ocupan. La divergencia está, creo yo, en el consumo individualizado a través de dispositivos o en las salas tradicionales a visión grupal. Son dos experiencias con distintos significados y valoraciones para el público, pero crucial para la industria de la exhibición.


 

RAFAEL OROZCO FLORES

Coordinación de la Investigación Científica

Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

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